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jueves, 18 de diciembre de 2008

La necesidad de la tradición


Todos hemos visto los últimos sucesos en Francia: jóvenes arrastrados por las circunstancias, encendiendo autos en la ciudad, lo que me lleva a pensar: ¿por qué? El mundo gira cada vez más rápido, de forma que ya casi no podemos ver lo que pasa a nuestro alrededor, cuando aquello ya está obsoleto. Lo escuchaba hoy en un programa de televisión: se hacía un recuento de los acontecimientos de los últimos meses, grandes catástrofes y otros, y la verdad de las cosas es que apenas las recordaba. Y eso no porque no me hubiesen impactado, sino sólo por algún extraño fenómeno de la memoria. El conocimiento del mundo se duplica a velocidades exorbitantes, la población crece y se diversifica. Las culturas se mezclan en un gran torbellino… y dentro de todo este embrollo hay aún personas, seres humanos con necesidades similares a los que habitaban esta misma tierra hace 20 ó 30 años (obsérvese el pequeño espacio de tiempo al que me refiero) y que necesitan de TIEMPO, para crecer, para desarrollarse, para entender el mundo en el que viven. Y ahora no hay nada a qué aferrarse, porque todo viene y se va tan rápido que sólo atinamos a tomar cada oportunidad que se nos presenta… ¡de hacer cualquier cosa!_ Porque hay que hacer de todo y no hay tiempo para pensar en qué tanto sirve. Es ahí cuando aparecen las nuevas culturas y esos ritos que tienen toda la pinta de pertenecer a culturas ancestrales o tradiciones establecidas. Llámese secta, religión, grupo político o algún similar, siempre aparece, en ese momento de desesperación, un grupo que parece estable, invariable, sólido y que nos da la sensación que puede, en una u otra medida, parar o bajarle el ritmo a este mundo. ¿Y qué nos pasa? Bueno, por falta de tiempo nos embarcamos en los ritos, en los juegos, en las costumbres de alguna comunidad que nos es, de buenas a primeras, extraña, pero fantástica e idealizada (por ese mismo momento emocional en el que estamos). Y nos creemos felices; partes, al fin, de un algo mayor a nosotros mismos. Al fin y al cabo estamos consumiendo. Consumiendo religión, consumiendo amistades, contactos, actividades, juegos, sociedad, amor, la vida misma. Y nos despertamos un día con un grupo de jóvenes prendiendo autos. Y nos preguntamos qué es lo que pasa. Y, en nuestro temor, en nuestra ansiedad, corremos a aquella sucursal de paz y tranquilidad a la que estamos suscritos y cuya membresía nos enorgullece, y consumimos otra vez. Mi humilde opinión, más bien parte de ella, es que esta humanidad ha evolucionado a velocidades dispares en lo que respecta a intelectualidad y espiritualidad. En los albores de nuestra especie no importaba, era despreciable el cambio, pero a medida que ha pasado el tiempo la diferencia se ha vuelto espeluznante. ¿Y qué se puede hacer?, ¿detener el progreso tecnológico? Oh, no, no. Más bien recuperar las instituciones sociales, la familia, y por sobre todo los tiempos para hacer cada cosa. No puede ser que niños de 9 años nos asalten a mano armada y que niñas de 11 esperen a su primer hijo. No es de viejos ni de anticuados eso de mirar hacia atrás. Tenemos que aprender de las buenas experiencias. Hace falta orden, no dictadura. Porque ahora lo que tenemos es libertinaje, y no libertad.


Pía Wiche Latorre

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